Me encanta ir contra corriente, a veces puede suceder que reciba un par de roces, empujones, pero ciertamente cada quien tiene su naturaleza. No voy a intentar convencer a nadie, sólo voy a proponer pensar en algunas cosas que se desprenden de mi experiencia.

En estas vacaciones el nombre Marie Kondo viene resonando fuerte, no hay reunión que no escuche a alguien recomendar su serie, sus libros, un hallazgo del descarte o de deshacernos de cosas que molestan, desordenan, angustian. En principio esto sonaba muy bien hasta que respiré profundo y pensé: desde dónde habla Marie Kondo. De inmediato recordé las hermosas puestas en escena de un director de cine japonés, Yasujiro Ozu (1903-1963), sus planos vacíos en donde el espectador tiene que acudir a la paciencia para entrar en un mundo de la espera. Después de dos minutos de una cámara inmóvil se cruza un personaje que no hace nada más que cruzar. Pero esos dos minutos de espera han servido para entrar en contacto con el espacio, los objetos, los cuerpos.  Marie Kondo tiene una enorme tradición que la sostiene y se trata de una cultura absolutamente opuesta al mundo occidental. No quiero decir con esto que no sea atractivo introducirnos en eso, pero pienso que de este lado, un bar abigarrado de objetos antiguos por un dueño que no piensa deshacerse de esos objetos, son el marco ideal para un café entre amigos. Es que se trata de asumir identidades, comprender nuestras costumbres, potenciar una tradición y dejar que los objetos sigan reposando y dialogando con nuestra cultura.

No niego la atracción que genera deshacernos de las cosas en un mundo que produce más objetos de los que necesitamos, pero si se trata sólo de tirar aquello que no sirve, un nuevo objeto vendrá en su lugar, porque las razones del consumo tienen su raíz en el vacío de un mundo líquido que se va por la alcantarilla.

Y si de descartar se trata intentemos no consumir tantas gaseosas! Qué te parece!? Cuánto festejo que mis abuelos hayan resguardado la vajilla, algunos libros, un par de prendas, que sobreviven también en las ferias americanas de  barrios como el Abasto, Boedo, San Telmo.  Hermosos locales visitados por curiosos que compran objetos para no dejar morir una época: identidades personales, colectivas. 

Siempre los materiales robustos como la madera de alguna escalera o el marco grueso de las ventanas del bar, no tanto por la época a la que pertenecen, sino porque esa robustez guarda lo que Walter Benjamin llamó el aura de las obras de arte o esa irrepetible manifestación de una lejanía, esa huella que el artista ha dejado para siempre en los materiales que ha tocado, en el instante en que una pincelada es el reflejo de un pensamiento único. Heredé unas sillas de mimbre que aún siguen desarmándose, una textura pajosa que me recuerda al espanta pájaros de un cuento de mi infancia.

Conocés el bar Conde?

Aquí no vas a encontrar tantos objetos pero sí una tradición familiar, un grupo de clientes, sus dueños, gente curiosa que lee el cartel en la puerta que dice 1901. Lo que sucede aquí es que la tentación de deshacerse no funcionó, en este bar, como en muchos, la estética se conserva, no intenta ser un bar del Soho en Manhattan, sólo quiere seguir siendo un bar porteño. Ordenar, deshacerse con felicidad, frases tan livianas que terminan pareciéndose al mundo liquido en el que vivimos. Acaso ordenar esta mal?. Para nada, pero quizá sería bueno que la atmósfera del deshacerse no sea una necesidad utilitaria más. A veces me pregunto por qué motivos mi abuela habrá guardado tantos años algunas prendas. Está bien, ganaste!.

Me vas a decir que Marie Kondo te enseña a guardar lo importante, que ordenar es un hábito necesario y saludable, que no todo lo que tenés sirve. Hasta aquí coincidimos en todo. Quizá me permito pensar que en la variedad resalta la singularidad, quiero rescatar ese valor único de las cosas, de las personas y sus modos, de las razones y sus explicaciones.

 

El mundo del orden, la racionalidad es un camino muy a lo Descartes (gran filósofo), pero prefiero seguir leyendo a Merleau Ponty, lo recomiendo como el libro del verano también: El mundo de la percepción. Dice esto: «(…)Por lo tanto, las cosas no son simples objetos neutros que contemplamos; cada una de ellas simboliza para nosotros cierta conducta, nos las evoca, provoca por nuestra parte reacciones favorables o desfavorables y por eso los gustos de un hombre, su carácter, la actitud que adoptó respecto del mundo y del ser exterior, se llena en los objetos que escogió para rodearse, en los colores que prefiere, en los paseos que hace(…)»

Y en cuanto a la cantidad de libros que hay que tener…los libros son semillas!