La mañana estaba fresca. No había una sola nube en el cielo, tampoco había viento. A  esa altura de la primavera, amanecía bastante frío pero si el viento no aparecía, estaría perfecto para el día de campo que estaban organizando con los compañeros.

La idea era partir hacia la zona del río, cerca de un bosque, donde el arroyo hace una curva. Lugar donde se acostumbra a ir para pescar, por el buen pique.

En la ciudad las cosas estaban complicadas, ya no se podían hacer reuniones, no tenían plata para alquilar lugares seguros y después de algunos problemas, habían quedado muy expuestos. La “pantalla” del día de campo, hacía un par de semanas que venía funcionando muy bien.

Fausto se había marchado de su casa para dedicarse a la construcción. Iría como maestro mayor de obras a la Provincia de San Juan.

Desde entonces no tenía mucho contacto con sus padres, de hecho, prácticamente nada. Hacía más de dos años que no los veía, y hablar por teléfono en los tiempos que corrían además de difícil, era muy peligroso. 

Extrañaba las sierras, la cueva era un lugar muy diferente. Por lo complejo de aquellos tiempos Fausto le había propuesto a Liliana, en más de una oportunidad, ir a pasar una temporada allí. No se ponían de acuerdo, no se terminaban de decidir,  no estaban seguros. Tal vez,  no quisieron.

Pero ahora estaban preparando el auto para irse a un día de campo. El Rastrojero azul era bastante amplio y entraba muy bien todo lo que tenían que llevar. Varias cañas de pesca, dos canastos con frutas, algunos salames, queso, pan, dos botellas de vino y una tabla de madera grande. Debajo de todo eso, una caja de madera grande y plana, del tamaño justo para colocar los planos de obra en las que Fausto trabajaba. También cargaron dos grandes y pesadas cajas metálicas: una más bien corta y profunda, la otra, más larga y aplanada, en las que Fausto guardaba sus herramientas, también para la obra.

Ya con todo en el Rastrojero, Liliana y Fausto marcharon hacia la casa de Nelly. Fue a la primera que pasaron a buscar. Estaba embarazada de seis meses, pero por la panza, parecía de ocho. Vivía a unas pocas cuadras en una casa alquilada, bastante incómoda y solitaria, hacía un tiempo que su marido se había tenido que ir y Nelly quedó sola. Sin embargo, la mayor parte del tiempo lo pasaba en lo de Fausto, era muy amiga de Liliana y casi nunca se separaban.

Con Nelly en el auto, pasaron por la casa de Daniel. Hacía unos días él había viajado a Uruguay. Dejó varias cosas importantes que había que mudar de su casa. Dos amigos de él se encargarían de eso. Cuando los pasaron a buscar subieron dos bolsos de cuero bastantes pesados y una caja de cartón llena de papeles.

Fausto no los conocía, ni siquiera sabía sus nombres, pero eran amigos de Daniel y para él, eso era suficiente.

Antes de salir, cambió de lugar con Liliana. Ella tomó el volante del Rastrojero. Fausto se pasó a la parte de atrás y dejó a Nelly de acompañante. Tenía que ordenar algunas cosas de las cajas y quería aprovechar el camino para hacerlo.

Por suerte, toda la organización y la búsqueda de los compañeros de viaje llevó poco tiempo. Antes de las nueve ya estaban en la ruta camino al campo. Las cañas de pescar que sobresalían  por la parte de atrás de la camioneta y los canastos de alimentos bien a la vista, ofrecían una imagen envidiable. Cinco jóvenes salían a disfrutar de una hermosa mañana de sol al aire libre.

Menos de una hora de viaje y el Rastrojero ya estaba en pleno campo, caminos de tierra y algunas rutas secundarias bastante deterioradas, fueron las vías escogidas. Sin embargo para  llegar al recodo del arroyo, lugar elegido para la reunión, obligadamente había que tomar un camino principal. Doblaron a la izquierda y avanzaron con tranquilidad.

Una suave curva a la derecha, otra más a la izquierda y luego hacia adelante. A unos doscientos metros, dos autos cruzados en forma de pinza bloquearon el camino. Liliana, apenas los vio, dijo automáticamente:

– No podemos parar, agárrense que vamos a pasar.-

Los dos amigos de Daniel que iban en el asiento de atrás, sacaron de los bolsos dos pistolas cada uno, se agacharon un poco y bajaron las ventanillas.

Nelly  se arrojó al piso y se acurrucó,  al tiempo que Liliana pisó fuertemente el acelerador y se cubrió todo lo que pudo, tratando de conservar despejada su visión. 

Fausto abrió la caja de herramientas larga y sacó una ametralladora que dejó lista para disparar.

Unos segundos antes de llegar a la pinza empezaron a sonar los disparos que pegaban sobre la chapa del Rastrojero, los vidrios estallaban por todos lados y el humo de la pólvora no dejaba ver demasiado.

La ametralladora de Fausto se asomó por el lado izquierdo de la camioneta y evitó que los policías del segundo auto disparasen tanto como hubieren querido.

Liliana era muy buena al volante y logró esquivar el primer Falcón, pero la velocidad que traía no le permitió esquivar al segundo, colocado unos metros más atrás. El golpe contra la parte trasera del Rastrojero hizo que Liliana no pudiera controlar el vehículo que zigzagueó de un lado al otro hasta salirse del camino. 

Uno de los amigos de Daniel estaba herido en un brazo, Liliana no conseguía dominar la camioneta, sangraba mucho y casi no podía hacer fuerza para sostener el volante. Mientras tanto, desde atrás del Rastrojero se escuchaban ráfagas de balas que aumentaban su intensidad furiosamente. Fausto trato de girar su cuerpo para contestar el fuego y sintió un pinchazo en la espalda que lo hizo caer al suelo de la camioneta.

Solo veía la puerta trasera de la camioneta y escuchaba los gritos de sus compañeros de camping. La caja de los planos amortiguó su caída y quedó mirando la puerta trasera de la camioneta.

¡No puedo mover las piernas!- clamaba.

No era dolor únicamente, era furia, también impotencia. Tenía la ametralladora y la levantaba tratando de asomarla por la parte trasera mientras la disparaba. No sabía muy bien a qué, pero disparaba. 

Un segundo después, un golpe tremendo arrojó a Fausto contra la parte posterior del asiento trasero, ahora quedó mirando el techo. La camioneta ya no avanzaba. 

Los amigos de Daniel bajaron rápidamente y comenzaron a disparar, Nelly le gritaba a Liliana que aguante, que resista, mientras lloraba desconsoladamente.

Uno de ellos volvió a entrar a la camioneta, se asomó sobre el asiento y le dijo a Fausto:

 – Nos vamos, no los podemos llevar. Liliana esta malherida y se queda también. Lo siento mucho compañero.-  

Corrió a Fausto, tomó la caja de los planos y la de herramientas chica. Cruzó una mirada de resignación con la que parecía buscar perdón o quizas justificarse, y salió rápidamente, disparando.

Los tiros iban alejándose. Fausto podía escuchar las quejas de Liliana y le pregunto:

– ¿Cómo estás Lili?, – no respondió.

-¡De acá no salimos vivos la puta madre! ¡Estos hijos de puta nos van a hacer mierda!- maldecía Fausto.

Los disparos de afuera casi no se escuchaban cuando una voz cercana gritó:

– ¡Suelten las armas zurdos hijos de puta, suéltenlas o los quemamos!

Los pasos se acercaban a la camioneta. De pronto, la puerta trasera se abrió abruptamente y Fausto comenzó a disparar. Fueron unos pocos disparos, su arma se quedo sin balas. Unos segundos después, había al menos cinco policías apuntando a Fausto quien, tirado sobre la caja de la camioneta, los miraba de costado. Apenas un instante y otro grupo abrió la puerta de Liliana y de un tirón la arrojó fuera del Rastrojero.

Fausto les dijo que no se podía mover, pero no importó. Le arrebataron el arma y de los pelos, lo sacaron de la camioneta. Cayó al suelo como una bolsa y ahí pudo ver a Lili, quien a unos metros hacia la izquierda, yacía en el piso.  Aun respiraba, pero tenía los ojos cerrados y no lograba responder a los gritos de Fausto. Gritos desgarradores  por los que recibía reiteradamente patadas e insultos de parte del grupo de policías que lo custodiaba.

Uno minutos después, mientras los guardias revisaban el Rastrojero, llegó una camioneta que parecía una ambulancia pero sin las cruces y las inscripciones como es costumbre. Rápidamente fueron cargados dentro de ella. Liliana ya casi no respiraba. Tampoco importó. Los ataron a las camillas, cerraron las puertas y partieron.

Fausto ya no hablaba, solo miraba a Liliana que estaba tendida a su lado con los ojos cerrados. Parece que no respira – pensó Fausto con cierta satisfacción, alivio y hasta envidia. Ojala no llegue viva – fue lo último que pensó antes de desmayarse.

Cuando despertó, ya no estaba en la ambulancia. Tampoco estaba Liliana , ni tenía la ropa con la que había llegado. A su lado había una enfermera y un doctor, Lesmes según pudo leer en su guardapolvo.

– Cuál es su nombre señor, preguntó el médico. Fausto contestó:

– Ramiro-, y no dijo más.

– Apellido – solicitó el médico y Fausto repitió:

– Ramiro.-

– Bueno señor Ramiro, ya está estable, pero debo informarle que ha quedado parapléjico, uno de los balazos pegó en la tercera vértebra lumbar provocando una paraplejia. Las heridas de bala que tiene están bien, fueron superficiales, van a sanar, pero lamentablemente no podrá caminar más.-

Después de esa tremenda noticia transmitida como si nada pasara, como si diera lo mismo, y como si la vida siguiera igual para Fausto, le continuó diciendo:

 – Ahora vamos a sedarlo para que pueda soportar mejor el dolor y supongo que en unas pocas semanas tendrá el alta.-

En la puerta se podía ver una custodia policial, pero ningún policía, ningún militar se presentó a hablar con Fausto. 

Sin lograr distinguir si estaba despierto, dormido, o soñando, Fausto se dio cuenta que se iba del hospital. No había visto más al Dr. Lesmes, tampoco a la enfermera. Aun era de noche. La ambulancia que lo buscaba era la misma que lo había llevado. Al menos, eso le pareció. Preguntó dónde lo llevaban, dónde estaba el Doctor. Nadie contestó, e inmediatamente le pusieron una mordaza. Lo subieron al vehículo. Una capucha cubrió su cabeza y todo fue oscuridad.

Fausto abrió los ojos sobresaltado, su corazón latía violentamente, su pelo estaba mojado por la transpiración. Miró la habitación, todo estaba en su lugar. La cortina de la ventana escondía las mismas sombras de siempre, tras la puerta entreabierta se adivinaba la habitación de Mamá y Papá, el pasillo, el baño y mas allá, el comedor.

En la pared, las estanterías cuidaban del piso los pocos juguetes que aún conservaba, varios manuales de la escuela, algunas revistas y unos pocos libros.

Un sueño nada mas. En realidad, una tremenda pesadilla, pensó Fausto y trato de cerrar los ojos para volver a dormir. No iba a ser fácil, su corazón aun latía con mucha rapidez, seguía agitado y tenía miedo.

Una extraña angustia lo envolvía. La imagen de aquel Fausto con la cabeza tapada, Lili tirada, herida…  Todo aquello le provocaba una inmensa tristeza.

Se quedó despierto un largo rato. Un tiempo con los ojos abiertos, otro con los ojos cerrados. Recordó la clase del día anterior. Hugo, su maestro, les había contado sobre el Golpe del 76, qué se conmemoraba ese día. Él había sido estudiante por esos años y además de lo que decía el manual, contó muchas historias de amigos a los que no había vuelto a ver.

-Hoy ellos son parte de los 30.000 “desaparecidos” secuestrados y asesinados por los militares- solía repetir, para no olvidar. 

Poco a poco volvieron el sueño y la calma. Lograr dormir se tornaba posible, sin embargo, justo antes de abandonarse a un descanso profundo volvía a recordar el horror, que todo fue verdad, que un día, éso pasó en Argentina. 

De allí que cada noche cerraba fuerte sus ojos y  repetía una y otra vez:

– Ya no son aquellos días, lejos estoy de esos hombres y lugares, soy solo un niño, y esas cosas  no pasan más, no van a pasar más, me lo prometo. Nunca, nunca más!. 

 

Camilo Vedia 

 

 

 

Nota: la información que se vuelca en este relato fue tomada del trabajo del Profesor Ernesto Jorge Rodriguez, “La extraña desaparición de Héctor Hugo Vedia y Liliana Gladys Riveros”  en el marco de sus investigaciones sobre desaparecidos en San Nicolás y Villa Constitución.