Pensar el arte como esa expresión más íntima de una vida que hacemos y que nos rodea. Cuándo fechar su origen, quizá el día en que un hombre primitivo descubrió el fuego y se vio a sí mismo y al rostro del otro, en una especie de deformación que despertó curiosidad y le permitió presentir algo misterioso: su universo habitado y caminado por él. No hubo quizá tiempo, no era el momento de entender preguntas por el arte, su quehacer, sus intenciones, fue un tiempo de descubrimiento de texturas, materiales, naturaleza.

Pintó sus cacerías sobre rocas porque algo debía quedar, transmitir, no olvidar. Todas las artes se sirven de la naturaleza. El color en sus orígenes era un tinte natural, la música que nacía del sonido de instrumentos hechos con apenas unos troncos trabajados, las telas de  hermosas bailarinas hiladas con algodón. Recursos de un mundo que vinculaba al hombre y su ambiente de un modo amable, respetuoso, con una conciencia de lo perdurable.

Porque el arte anida en su centro el tiempo, la permanencia, es testigo de todos los tiempos de la historia. Sucede que poco a poco el mundo del que nos servimos ya no nos sirve como pregunta porque estamos sobre él, amontonando basura en el centro y en los bordes de las ciudades. Consumir, explotar, degradar el ambiente en el que nos movemos fue un acción de absoluto dominio de la naturaleza, olvidando que somos parte de ella, un desprendimiento y una fusión.

Pero como el arte es transformación permanente, hacia fuera y hacia dentro, te voy a contar acerca de la obra literaria-visual-experimental de un ilustrador porteño, Diego Bianky, que se tomó diez años de su vida para crear su obra desde las calles de la ciudad, recogiendo papeles que el viento le ponía delante. Rescató a muchos escritores que hablaban sobre Buenos Aires, levantó imágenes del suelo urbano e ilustró estos maravillosos textos con cada uno de los papeles que acumuló.

Contar la vida de la ciudad con aquello que el resto descarta. Dar a conocer la ciudad desde la literatura y la ilustración que hallamos en el papel de un alfajor o de una caja de pizza de la calle Corrientes, tal como relata el autor, Diego Bianky.

Muchos artistas encuentran en el desecho un lugar de expresión, somos atravesados por nuestras circunstancias sociales, el mundo se ha vuelto un enorme tacho de basura, computadoras tiradas al lado de un container o una paloma con alambre en sus patas. Qué imagen difícil de representar, de aceptar. El arte sigue explorando respuestas, evocando nuestras incertidumbres, nuestras equivocaciones. Cómo podemos volver a pintar sobre piedra.