En el mundo actual, el crecimiento económico pareciera ser la única meta que tienen los gobiernos, las empresas y las personas ¿Para qué sirve una compañía que no crece? ¿Tiene éxito una persona que no gana cada vez un poco más? Las personas parecieran convencidas de que el progreso monetario es sinónimo de éxito y de felicidad.

Pero ese crecimiento se basó en la producción de bienes y servicios llevada a cabo mediante la explotación ciega de la naturaleza y sus “recursos”. El agua, la tierra o las fuentes de energía como el petróleo son indispensables para sostener la economía capitalista. A esto se sumó el desarrollo tecnológico que, en el marco de las sociedades de consumo, provocaron consecuencias negativas para el medio ambiente, el hogar que todos habitamos.

Según un estudio difundido recientemente, Argentina está entre los 30 países que más contaminan la atmósfera. El dato surge de un inventario elaborado por científicos del CONICET, de la UTN y de la UNSAM que evaluó la emisión de gases de efecto invernadero y otros contaminantes del aire. A su vez, la contaminación del aire en la ciudad de Buenos Aires supera los parámetros saludables, según un relevamiento de Greenpeace.

 ¿Cómo podemos ser capaces de ejercer esa violencia contra la naturaleza?

 

Tal vez la respuesta a esta pregunta esté en nuestras propias conciencias, en nuestra forma de percibir y de percibirnos. Vivimos como si nosotros en tanto especie humana fuésemos lo único importante y como si todo lo que nos rodea, así como las otras especies fuesen simplemente cosas disponibles, una ontología inferior. Nos parece evidente, allí están, listas para que las usemos y les saquemos provecho.

Así se destruyen montañas para extraer minerales, se talan bosques para conseguir madera, se sobreexplotan los acuíferos, se extinguen especies animales y se llena el aire de gases tóxicos. Pero lo que no tenemos en cuenta es que si el medio ambiente está contaminado, nuestras vidas también. Por ejemplo, cuando una fábrica vierte residuos tóxicos a un río no está contaminando únicamente el agua del río sino también a los peces, a las plantas y a los seres humanos que entran en contacto con él.

A esto se suma la sociedad de consumo fomentando una cultura del gasto permanente. Potenciada por las estrategias del marketing y la publicidad, continuamente aparecen nuevos productos que se convierten en indispensables pero que poco tienen que ver con la satisfacción de necesidades básicas. De esta forma el objetivo ya no es tanto cubrir necesidades, sino satisfacer deseos.

El proceso de compra siempre implica un desecho. Nadie consume un producto al 100%. Siempre se desecha algo. Todos estos residuos que son masivos terminan en algún lugar de nuestro entorno, contaminándolo casi siempre. Así es como el consumo afecta directamente al medio ambiente.

Daños en la capa de ozono, alteraciones meteorológicas, nuevas enfermedades que afectan a humanos y animales entre otras consecuencias de la contaminación ponen en riesgo la vida en nuestro planeta. Pero como el proceso es acumulativo, sólo se toman medidas paliativas dejándose a las próximas generaciones una bomba de tiempo siempre a punto de estallar.

Reflexiones para un nuevo horizonte

Si como especie los humanos somos los únicos que tenemos capacidad de razonamiento por sobre los animales y las plantas, que esa capacidad valga para encontrar la forma de progresar y a la vez cuidar de ellos. Y si por algún motivo nos percibimos superiores, que sirva asumir que somos responsables de las otras formas de vida.

Es necesario entender que somos una unidad con los animales y el medio ambiente y dejar de actuar como si fuésemos los únicos protagonistas del mundo y todo lo demás fuese un resto que no merece cuidado. Aquí la cuestión no atañe solamente a los gobiernos o a las empresas, sino a todos como especie.

Podemos aprender de muchas comunidades originarias, que durante miles de años vivieron en armonía con la naturaleza. Como parte de sus culturas, el animismo los llevaba a pensar que los elementos del mundo natural también tienen alma o consciencia propia. Esta percepción los llevaba a respetar la naturaleza e incluso a entronar como sus dioses a objetos de su ecosistema. Tales creencias fueron consideradas primitivas e irracionales por el mundo civilizado.

Pero ¿de qué tipo de civilización y razón estamos hablando si vivimos en una sociedad que se destruye a sí misma?

Es innegable que el progreso y el desarrollo tecnológico muchas veces traen beneficios para la humanidad en cuanto al confort, la calidad de vida o el descubrimiento de cura para enfermedades. Pero es necesario poner límites éticos al progreso y adoptar una cultura de cuidado y responsabilidad del medio ambiente si no queremos que esa meta se convierta en la mayor paradoja de la humanidad.