Anita miente, empuja a otros a mentir, no pide ayuda sino que presiona, asfixia, manipula con belleza, atrapa. Anita no puede amar y como no puede, desata furia, engaña a sus amigos, al espectador. Anita crea encantamiento. Y los dioses miran en oscuridad cómo teje el destino de todos o cómo la dejan tejer.

A veces creo que es imposible insinuar aspectos de una obra, porque ella esta ahí con toda su naturaleza desplegada.  No porque no existan modos de decir, sino porque antes que nada una obra debe obrar en su sentido más sublime. Obrar, hacer su trabajo arduo de hablar por sí misma, ponerse por delante de lo reflexivo y atrapar(se), quedar dentro de sí y estar a la vez incluido en ella. Estar mezclados en una poética que se crea entre el artista y quien mira. Visiones en ambos sentidos. Pero me animo rastrear, rasgar una tela y dejar pinceladas de un instante que se revela como misterioso.

Anita o la tragedia de las partes nos deja pensando que el teatro puede seguir pensando su lenguaje. Se dice en la actuación, señala musicalmente la vida entera de un personaje que ha de morir, puede pintar en escena, porque en el teatro de lo que se trata no es tanto de lo real sino de lo verdadero.

El teatro no es un paréntesis de la vida o un exterior que en la escena se sintetiza. Es una abertura por donde se cuela la vida, donde también se la significa.

Por eso todo ahí, en ese hueco iluminado es verdad. De lo mágico se arrancan las verdades más íntimas, porque con la magia ya nadie quiere racionalismo.  

El arte es hechizo, siempre lo ha sido, aún en la más remota experiencia del hombre con su entorno, pintando cuevas en profunda oscuridad, la de la montaña y la de su alma. Y el hechizo es el encuentro de las ánimas, de las almas entre sí, es creación pura, diálogo de naturalezas. El arte ha creado el hechizo o el hechizo ha creado lo artístico. Juntos tal vez, como en un juego de espejos que se miran, si uno desaparece el otro también.

Sobre qué mundos sobrevuela el arte, acaso sea el de la magia, que viene de suelos lejanos al que sólo se puede entrar cuando cerramos los ojos. Cerrar los ojos y sentir los pies sobre la tierra dejando atrás semáforos, calles ruidosas. Un mundo dentro de otro, apretar los ojos y ver luces de colores, nuevas formas, dibujos íntimos.

Anita o la tragedia de las partes nos deja en el borde, en una escena que duplica posibilidades, repetición. Anita ensaya una escena y luego la lleva adelante, pero el espectador no sabe que aquello que ha visto no era verdad. Con una orquesta en vivo nos introduce en el mundo de los sonidos, voces internas que despiertan sentimientos de serenidad a un personaje que es cruel. El teatro a veces hace guiños y en Anita el guiño es la representación de una escena dentro de la misma obra de teatro: una escena que se actúa por segunda vez y nos deja con ese sentido antiguo del déjà vu. Acaso suceda otra vez? Hemos sido engañados? Como esas representaciones de títeres donde la bruja está detrás del hada buena y los niños, desesperados, le gritan que mire hacia atrás, que hay una bruja que le quiere hacer daño. Pero el hada se da vuelta y no ve a nadie, la bruja vuelve a aparecer y los niños gritan otra vez, gritan porque tienen un saber. El niño-espectador ha visto a Anita ensayar una escena y la verá representada, nuevamente. Pero esa repetición no es más ni menos que la verdad del teatro porque el teatro es juego interminable que apunta al descubrimiento y en algún momento el espectador descubre. Jugamos, somos crueles y piadosos, estamos divididos, queremos salvarnos, luchamos por ser mejores, hacemos el mal, somos buenos e injustos a la vez. Somos realidad y ficción pero en el teatro nuestras partes se juntan.

Estamos en pleno hechizo, en una sala oscura que llamamos teatro. Hemos sido atrapados apenas la luz se apaga, en cada acorde de los músicos, con todos los suspiros de la escena, y con los nuestros. Engañados a conciencia, nos entregamos libremente a componer un mundo que fuera de escena nos resulta partido. Sólo en esa oscuridad el mundo se unifica. Atrapamos, en planea oscuridad, las voces de criaturas que toman vida, sabemos que nuestra alma esta allí, arrinconada en una silla, a medio camino entre lo que somos y esas nuevas criaturas que sentimos ser cuando nos vemos en esos cuerpos. 

Nacemos de una especie de engaño poético que sucede a oscuras, cuando nos disponemos a que algo acontezca. El deseo ahí, como una promesa o un pedido en medio de la noche, un anhelo por entender el mundo entre todos. El arte es hechizo, no engaño. Platón estaría dispuesto a tentarnos y volver a afirmar que el mundo de lo sentidos miente. El teatro no engaña sino que une la luz del día con la oscuridad de la noche.  Al salir de la sala somos brujos intentando descubrir el mundo porque el teatro hechiza cuando nos hacemos cargo de la magia. 

Ficha técnica

 

Libro & dirección: Luis Longhi
Actúan: Maia Francia, Sebastian Politino, Pablo Sorensen, María Viau
Músicos: Esteban Fioroni, Valter Izzo, Luz Merlo, Nicolás Muñoz
Diseño de vestuario & escenografía:  Vanessa Giraldo
Diseño de luces: Sebastián Irigo
Realización de escenografia: Tomás González
Música original & dirección musical: Juan Ignacio López
Operación técnica: Sebastián Crasso
Fotografía: Diego Murciego
Pinturas: Beatriz Provitina
Diseño gráfico: Marisol Acebedo
Asistencia de dirección & producción ejecutiva: Dana Taicher
Prensa: Tehagolaprensa
Producción general: Bacs Producciones
 
Duración: 65 minutos
Clasificaciones:  Teatro adultos
EL TINGLADO TEATRO
Mario Bravo 948 (mapa)
Capital Federal – Buenos Aires – Argentina
Teléfonos: 4863-1188
Web: http://www.teatroeltinglado.com.ar
Entrada: $ 450,00 – Sábado – 18:00 hs 

#BAenRedAlTeatro: Espacio Balcarce 666 + Anita o la tragedia de las partes